TAEKWONDO: UNA HISTORIA EMPECINADA

Tiene 10 años, vive en barrio Marítimo y, luego de estar accidentada, acaba de ganar dos premios en Entre Ríos.

Desde la cama, con la pierna izquierda en una bota ortopédica, Pilar Rey O’Grady tuvo oportunidad de reparar en las paradojas de la vida. Justo ella, practicante desde los 4 años de un arte marcial que prioriza el uso de los miembros inferiores, venía a quedar en reposo obligado durante un simbólico mes.

El 27 de abril se había quebrado el dedo gordo del pie. Luego, sobrevendría la tendinitis y esta bota. Por entonces no sabía que tendría 50 días sin actividad.

Dos semanas antes, había sido foco de las fotos –las últimas de esa etapa– que su madre, Miranda O’Grady, “con el pecho hinchado de sólo verla”, le tomaría durante el entrenamiento de danes y punta negra junto al maestro Hugo César Gimarayz cuando Pilar preparaba su cinto negro.

Fue el jueves 11, un mismo día de abril en que –desde 1955– el taekwondo había sido aceptado como arte marcial, de la mano del empecinado esfuerzo del coreano general Choi Hong Hi –quien hacia agosto de 1981, visitara Argentina–.

Seis décadas pasaron desde aquella innovación en las artes marciales.

Seis años transcurrieron desde aquella primera práctica que llevó a Pilar a “hacer del taekwondo una forma de vida”.

Su mamá Miranda, salía de la habitación rumbo a la cocina, mientras sacaba cuentas:

“En septiembre, con toda su voluntad y mucho esfuerzo, rendirá cinturón negro. Sólo el examen nos cuesta ¡450 dólares!” (más de 20 mil pesos). Era un paso ineludible después de que en 2018 ganara en 13 torneos y jornadas.

Pensó menos en los impedimentos que en “trabajar mucho”. Ante esas Pascuas, comenzó a cocinar huevos de chocolate que vendería, como cada año, aunque éste sería diferente: “Era para ella, para recaudar el dinero que lograse su sueño, por lo que tanto se esmeró”.

Jueves y viernes santo salió a entregar los pedidos a domicilio. Le fue bien; pero había mucho más por hacer.

Faltaba terminar la obra en la casa donde viven solas, porque se acercaba el mes de su cumpleaños.

Como un presagio para ese mayo, el miércoles 15 –la niña bonita– obtuvo mil Me Gusta en sus publicaciones de una red social.

Cuatro días más tarde, después de la ayuda de muchas amistades, festejó su cumple como ambas querían.

Además de tener el comercio abierto todo el tiempo posible, mamá no cejó en el uso de las redes para vender ropa o lo que pudiera con tal de juntar lo necesario, no sin sortear todas las contras que eso tiene; apartando a gente que malinterpreta o molesta, postergó o esquivó lo necesario en pos del objetivo.

El fruto vino acompañado del esfuerzo conjunto: el 18 de junio, Pilar regresó a entrenar en la Escuela de Instructores Asociados Berazategui, con su sabonim, Vanesa Juárez.

Sabonim, en Oriente, significa «profesor honorable»; quien entrega un conocimiento valorado; quien da con dedicación lo que ama hacer. En las artes marciales, no sólo entregará «conocimiento», sino la responsabilidad de formar a quien aprende al través del «do» (camino, desde el punto de vista filosófico). El sabonim deberá predicar a diario el correcto desenvolvimiento del sujeto en la sociedad. Sus movimientos técnicos así como sus actitudes serán imitadas por sus alumnos y, sobre todo, por los niños.

Junto a su entrenadora y equipo, viajó a la Jornada Deportiva de San José, Entre Ríos, sin su madre, que la acompañó hasta subir al micro y la fotografió a través del parabrisas del piso más alto, allá arriba.

Debió ser otro presagio, porque la pequeña que despidió para el fin de semana largo del 9 de julio regresó como una grande:

1er puesto en Forma.

1er puesto en Lucha.

¿Cuál de las dos se habrá sentido más premiada?

16 Respuestas a “TAEKWONDO: UNA HISTORIA EMPECINADA”

  1. Es el premio a tanto esfuerzo, tanto de Pili como de su mamá. Felicitaciones a las dos. Las quiero muchoooooo! Y se merecen todo lo lindo que estan viviendo.

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