Por Gogo Morete
Lo bueno de los recuerdos es que algunas imágenes son nítidas y otras parecen vidrios empañados. Es probable que aquel 30 de octubre haya sido uno de los días en que estuve más lejos del sol (hoy leí que amanece 5.56). En Campichuelo, se colaba un rayito de sol, de doce a doce y cuarto; en el patiecito chiquito, apenas entraba la calesita de madera donde Manu y Sol tomaban la leche en verano.
No habíamos votado a Italo Luder, tampoco a Raúl Alfonsín, pero no esperábamos que ganaran los radicales. Fue una segunda derrota. Los que le llenaron de intendentes los municipios a la dictadura desaparecedora de personas eran premiados con un porcentaje de votos inesperado. Alvaro, Porret y nosotros veníamos de la misma militancia. Alvaro votó a Luder. Rodolfo y nosotros no, pero el triunfo de Alfonsín fue un durísimo porrazo.
Pasados los años, comprendí el voto. Nunca dejé de pensar que era un ricorsi de la historia; el verso del preámbulo no me contenía; venía de una familia radical y gorila. Alvaro y Teresa vivían con Emi en el tercer piso en el mismo edificio que nosotros. Rodolfo, a unas quince cuadras para el centro, en Medrano. Cuando se conocieron los cómputos irreversibles llegaron los dos Porret, eufóricos; Alvaro, abatido; nosotros, incrédulos. Ambos se conocían. No eran épocas de grandes reuniones y, a Campichuelo, no eran muchos los que venían. Siempre hablábamos en voz baja. Cerrábamos las ventanas. Esa noche, las voces eran gritos destemplados y las ventanas no podían cerrarse porque la angustia nos hubiera asfixiado. Estuvieron a punto de agarrarse a trompadas. No sé cómo las cosas se calmaron. Tal vez, recordar a Les Luthiers y su Perdimos Otra Vez, sirvió para descomprimir.
El 10 de diciembre, las Madres fueron a la Plaza. Laura, también.
El juicio a las Juntas, la CoNaDeP, la exhumación de cuerpos… terminarían en la inevitable obediencia debida. Hebe de Bonafini tenía razón. Yo la acompañaba. Hoy entiendo que la exhumación permitió la restitución identitaria de muchos compañeros. La CoNaDeP fue la primera lista. Allí trabajaron muchos valiosos compañeros; no pocos perdieron la salud ante los testimonios que sólo un poeta como Víctor Heredia pudo describir como El ingenio del odio.
Pasaron 43 años; teníamos 30; fueron tiempos duros; los sobrevivimos; vimos cosas que preferiría no haber visto. Con Néstor tuvimos revancha y la aprovechamos. Memoria, Verdad y Justicia fue el eje. Muchas veces me pregunto si Néstor viviera, si a Hugo Chávez no lo hubieran asesinado… ¿Existirían los chirolitas del senil anaranjado?
No lo sé. A veces, me gusta pensar que no.