REFORMA LABORAL: ABANDERADOS A SUELDO

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Por Marcelo Ramal (Política Obrera)

La gran prensa argentina se ha zambullido en la cuestión de la reforma laboral; no sólo para relatar las incidencias de su tratamiento en el Congreso. Clarín y La Nación se han sumado a la batalla cultural en defensa de la contrarreforma. Sus columnistas se embarcan en dos grandes imposturas:

  • En primer lugar, presentar a la incertidumbre en el empleo, la pérdida del derecho a una jornada laboral acotada y fija o a las vacaciones en cierto período establecido del año, como un resultado “inevitable” del progreso técnico.
  • A renglón siguiente, llegan más lejos: las condiciones laborales resultantes de esta contrarreforma no serían una imposición de los patrones o el Estado… sino la voluntad de las nuevas generaciones de trabajadores. Tenemos una contrarreforma laboral “a pedido” de los jóvenes.

Una opone la fábrica que retrata Carlitos Chaplin en Tiempos Modernos:

Una organización del trabajo que deshumanizaba (a) un mundo presente del trabajo donde muchos trabajadores priorizan el home office, los esquemas híbridos y una mayor autonomía sobre su tiempo.

Diana Baccaro, Clarín, 5/2/2026

Al igual que en Ford, los trabajadores actuales no priorizan ni eligen nada: las condiciones y modalidades del trabajo, en todos los aspectos, son impuestas por la clase capitalista, con los límites que pueda imponerle la acción colectiva de los trabajadores.

Otro columnista presenta a las condiciones laborales actuales como una elección individual del trabajador:

“A la hora de buscar empleo, las generaciones anteriores se fijaban en el sueldo, las posibilidades de ascenso, la jubilación y la cobertura médica. (Hoy) se fijan en el balance entre trabajo presencial y remoto, en las posibilidades de viajar, en el margen para articular más de una actividad laboral y en un esquema de horizontalidad que, en la medida de lo posible, los exima de tener un jefe”.

Luciano Román, La Nación, 5/2/2025

De acuerdo al columnista, la decisión de tener dos o más empleos no sería una imposición de la miseria salarial -como ocurre con los asalariados que trabajan los fines de semana como choferes digitales- sino una inclinación vocacional. Los actuales trabajadores también habrían optado “libremente” por perder los derechos previsionales. Entre las “nuevas” actividades que reseña La Nación, se agrega el alquiler temporario de un cuarto en la casa, para sumar unos pesos, o, peor, la especulación con criptomonedas. La degradación social e incertidumbre a la que nos somete el capitalismo -jornada laboral extendida, varios empleos, penuria habitacional- todo esto pasa a ser glorificado por estos defensores a sueldo -si lo tienen- de la reforma laboral.

Tecnología y relaciones laborales

Una de las mayores falacias considera inviable el derecho a una jornada acotada, a un salario o a la estabilidad laboral bajo el “capitalismo de plataformas”. Se afirma que, bajo estas modalidades el empleador no puede ejercer un control del proceso de trabajo y, por lo tanto, no puede establecer alguna forma de retribución salarial. Al trabajador por aplicación, en ese caso, no le quedaría otra salida que actuar como “emprendedor”, la forma mentirosa con la que se disfraza el trabajo a destajo en estas modalidades. Por esa vía, el patrón evita el contrato laboral y se sanciona un supuesto contrato de “iguales”, entre un “transportista” (en moto) y un “organizador”. Eso es lo que consagra la contrarreforma que discutirá el Congreso.

Lo cierto es que los procesos de trabajo bajo el capitalismo “digital” no tienen nada de “libres” ni de “desarticulados”. La coerción patronal se ejerce con toda su fuerza, echando mano de la tecnología digital. Una aplicación de viajes conoce cuándo y adónde es transportado cada pasajero; por lo tanto, el movimiento laboral diario de cada chofer. Un banco con parte de su personal trabajando todo o en parte por home office, organiza rutinas y contactos remotos que le permiten el seguimiento de tiempos y tareas de cada empleado. El control capitalista del proceso de trabajo es tanto o más intenso que el del presencial. Más aún: la inexistencia de un horario fijo habilita abusos, obliga al trabajador a estar disponible, a través de su computadora o celular. De allí que apareciera la reivindicación del “derecho a la desconexión”.

La conversión de un trabajador digital en “emprendedor”, sin derechos laborales, combina todos los flagelos del control patronal del proceso de trabajo sin una sola de las conquistas arrancadas por la clase obrera en su lucha contra el capital. Es un apéndice del capital digital que lo controla, pero carece de derechos frente a él.

Historia y derecho laboral

La tentativa de liquidar el derecho laboral como resultado “inevitable” de los cambios en la organización industrial y la tecnología no es, por cierto, una novedad. Desde los años ’70, las grandes concentraciones obreras con fábricas integradas han sido reemplazadas por sistemas de encargo y de subcontratación. Por esa vía, la industria automotriz terminal terminó siendo una mera armadora y contratista de empresas de menor porte, a cargo de las partes y piezas del vehículo. En esas empresas “pequeñas y medianas” abundaban la precarización laboral, el trabajo no registrado y la sobreexplotación. La integración “remota” fue muy empleada en el proceso de restauración capitalista en China.

En las décadas siguientes, los ideólogos de la “flexibilidad laboral” peroraron sobre la “imposibilidad” de defender los convenios únicos por rama, dada la “gran fragmentación industrial”. A despecho, emergió la lucha contra la tercerización, y por conquistar la vigencia del mejor convenio en cada rama. Ahora, la existencia del trabajo digital pretende vendernos la ficción del “fin del trabajo” (asalariado), con el único objetivo de degradar hasta un extremo al joven trabajador de las aplicaciones. Lo cierto es que no existe trabajo más socializado que el trabajo digital: las Apps son gigantescas articulaciones de trabajo vivo, conectadas a través de un programa y una red. El rechazo a su reconocimiento como trabajadores y su precarización extrema no responde a ninguna ley natural o tecnológica: es el resultado de una ofensiva del capital sobre el trabajo; de la apropiación despótica de la tecnología por parte del capital, y de la extorsión que se ejerce sobre el joven sin empleo; sobre todo, de la complicidad de las direcciones políticas y sindicales, que miran para otro lado frente a la degradación laboral en las aplicaciones.

Lo que “va” y lo que “no va”

Los apologistas de la reforma laboral se aferran a los cambios tecnológicos para reclamar un “cambio” o una “alteración” en relaciones laborales que “ya no pueden ser las del pasado”. Pero si el progreso tecnológico bajo el capitalismo debe tener como contrapartida necesaria la degradación del trabajo, entonces lo que “no va” es el propio capitalismo y su evidente senilidad. Que las formas más avanzadas de la industria del conocimiento tengan como contrapartida a las formas más sórdidas de explotación laboral –una App de “Pedidos” articulando a jóvenes en bicicleta o moto– no es una paradoja. Es algo que fue anticipado por el autor de El Capital cuando no existían Apps, ni celulares, ni motos. Lo que señaló Marx es que el capitalismo, en su desarrollo, acrecentaba la parte del capital –“trabajo muerto”, invertido en máquinas, en tecnología– que sólo transfiere valor, respecto del trabajo “vivo”, único capaz de crear nueva riqueza social. En consecuencia, el capitalista estaba obligado a acentuar el grado de explotación absoluta de esa fuerza laboral, incluso con mayor intensidad a medida que el proceso de trabajo se “tecnificaba”. La sociedad que multiplica de modo exponencial el rendimiento del trabajo, ahora con la tecnología digital, es la que convierte a ese potencial progreso en un calvario para la humanidad trabajadora.

Cuando nos preguntan “qué proponemos” en lugar de la contrarreforma laboral reaccionaria, lo que “proponemos” es el fin del trabajo asalariado, y la asunción colectiva y conciente de la riqueza social creada por los trabajadores. La defensa incondicional de los derechos conquistados en dos siglos de lucha -jornada de ocho horas, estabilidad laboral, convenios- es sólo la plataforma para proyectarnos a esa tarea estratégica.


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