
Tuve la suerte de ser alumno de Alfredo Moffat y, con los años, su editor. En el medio, hubo vientos locos que presumieron de alejarnos de la meta. Nos reencontramos a fin de siglo. La experiencia de la convertibilidad y el transfuguismo de la moneda y el presidente o viceversa nos golpeó duro. Quienes recordamos con dolor aquellos años, si votaron o no aquella fórmula, no lo volvieron a hacer.
El gran Alfredo decía que, hasta las Malvinas, los argentinos repetían aquel mito de que éramos los mejores del mundo. Después de la infame conducción militar a la derrota y matanza de los pibes, sentimos que éramos una mierda y desde esa percepción una mayoría electoral se identificó con otra mierda como el ex patilludo para que entregara el país, ni siquiera al mejor postor. El tiempo pasa, como canta Pablo Milanés.

Lo de mierda no tiene traducción; así lo decía, y eso fue antes que el gran maestro rosarino nos iluminara con su preciso ensayo sobre la importancia de la R en la palabra mierda.
Leo en los diarios que un corredor de autos cuya mejor performance -creo- fue salir 11° en una carrera, fue recibido como un ídolo. Recuerdo aquella época en que a Carlos Reutemann lo rechazaban y tildaban de perdedor porque había salido subcampeón del mundo. Recuerdo a Hegel cuando sostenía que «los hombres eligen aquellos dioses que los representan».
En unos días, cumpliremos 49 años, nosotros los que, como diría Eduardo Galeano, no nos preguntamos «antes, antes como era?». Es imposible pensar que aquel país con la estima tan alta, que despreció al después pésimo gobernador santafecino, hoy se identifique con ese muchacho y no con una jovencísima nadadora de menos de 20 años que ganó 9 medallas en los Juegos Sudamericanos de la Juventud en Panamá, silencio para la insuperable Agostina Hein; sponsors para el piloto.
Será el mismo fenómeno que llevó a menos de 10 millones de electores (si somos casi 50, estamos hablando de menos del 20 por ciento) a votarlo. No creo que si la selección de fulbo sale decimoprimera en el mundial sea recibida por medio millón de personas. Me voy a casa pensando, ¿será porque nos creemos mejores jugadores que conductores? No lo sé. Tampoco si la ruleta rusa es un juego.
