
70 años, 14 toneladas, 308 muertos, 5 horas de bombardeos
En agosto de 1955, el diputado Oscar Alende –luego, gobernador– recibió un llamado del presidente de su partido (UCR), Arturo Frondizi:
“Una flota extranjera estaba navegando en aguas jurisdiccionales argentinas, con fines ignorados».
Otra pregunta recurrente en lo que llaman conversatorios, es ¿cuál de las potencias imperiales tuvo mayor injerencia en el derrocamiento del gobierno constitucional? Nuestras investigaciones nos llevaron al Congreso a tratar de descubrir las cintas de las cuales había evidencia documental y cuya presentación (hecha por el diputado Alende) fue tratada en el recinto de la Cámara, lo que figuró en el diario de sesiones. Nunca hubo un intérprete que pudiera discernir si hablaban yanquis o ingleses, pero hablaban en inglés. Dicen que nunca se encontró la caja.
Años después, cuando Carlos Flaskamp comenzó la investigación sobre CONINTES, me invitó al anexo del Congreso a revisar unas cajas con documentación probatoria: Encontramos el tesoro. El director del anexo era Fernando Aguirre, integrante del operativo cóndor de 1966, junto a Dardo Cabo, Cristina Verrier, Edgardo Salcedo y Aldo Ramírez.
Este episodio entre julio y agosto del ’55, poco tiempo después del bombardeo de junio cuando se ordenó quitar las espoletas de las bombas las armas las habían entregado seres que hablaban inglés la participación en el Golpe estaba diluidas en estas pequeñas pruebas, pero la Iglesia sí aparecía en cada uno de los documentos probatorios políticos, militares, periodísticos y teológicos. ¡La Santísima Trinidad!
Como no conocíamos el copi y pegue, luchamos con valentía contra los ácaros, pero un precario manejo del inglés impidió identificar si quienes le pasaron las armas a los golpistas de septiembre eran los imperialistas primos de Runciman o los futuros electores de Reagan. Lo que pudimos establecer fue una coincidencia histórica con el nacimiento de las Democracias Cristianas, y la pelea de la jerarquía eclesiástica argentina con su ex-aliado y una casualidad permanente, los volantes contra el régimen se imprimían en las iglesias los comandos civiles, no sólo se reunían allí, guardaban sus armas, bien escondidas para que ellos y sus familias comulgaran en paz, los domingos.
Desde allí surgió la convocatoria a la marcha de Corpus Christi el 11 de junio de 1955. Allí juntaron sus «pies en la marcha» comunistas, ligas patrióticas, socialistas, radicales, conservadores. La convocatoria fue multitudinaria; el fervor superaba todo lo teológico visto. ¿Cómo se había juntado todo ese cambalache político?
Igual que ahora cuando, en el Congreso, fascistas con la camiseta del pro, radical, socialista, peronismos feudales, acompañan y celebran con asados de gala la conculcación de derechos. Por eso, cuando repetimos “esto no es pasado; esto sigue ocurriendo” en el ‘45, en el ‘55, en el ‘76, en los ‘90, 2015, 2023… Los Menéndez, Lanusse, Suárez Mason, Aramburu, Rojas, Videla, Massera, etc., junto a las triple M, civil y la desvergüenza de los administradores del poder judicial. No utilizo eufemismos; no hablo de law fare; éste NO es un gobierno constitucional, hemos perdido el Estado de Derecho y ahora el objetivo final es destruir lo que fue el Estado de Bienestar, que en este país bombardeado por sus propias fuerzas armadas se llamó, se llama y se llamará peronismo.
Subrayábamos que no hablábamos sólo del pasado reciente. Hoy proscribieron a Cristina.
Del Archivo
| Oscar Alende En 1955, pocos días antes de que estallara la Revolución Libertadora, una flota extranjera fue detectada cerca de Puerto Belgrano. Un diputado radical denunció el asunto, pero sólo obtuvo las burlas de los peronistas. Luego, las pruebas de la intrusión desaparecieron del Palacio del Congreso. A partir de entonces una cortina de silencio se tendió sobre el caso. ¿La flota quería defender al tambaleante gobierno de Perón? ¿Llegó a entregar armas a la desmantelada Marina de Guerra para su rebelión? ¿Por qué tanto peronistas como antiperonistas se han negado a aclarar la cuestión? En los primeros días de agosto de 1955, el gobierno peronista recorría el último tramo de su agitada trayectoria. El observador menos experto estaba en condiciones de pronosticar que se acercaban cambios muy profundos. Perón había llamado a la pacificación, pero sus palabras tuvieron poquísimo eco. En el Congreso, la oposición llevaba adelante una ofensiva paralela pero convergente con la anterior. Los diputados opositores no perdían oportunidad de clavar sus agudas banderillas en el enorme y jadeante cuerpo del régimen. Uno de los legisladores que más se habían destacado por su accionar rotundo, quizá demasiado vigoroso, era el doctor Oscar Alende, del bloque de la Unión Cívica Radical. El 4 de agosto a la mañana, Alende recibió un llamado telefónico de Arturo Frondizi, presidente de la UCR. “Tengo una cosa importante”, había sido la lacónica información. A mediodía se concretó una entrevista. La información que poseía Frondizi era espectacular. Una flota extranjera estaba navegando en aguas jurisdiccionales argentinas, con fines ignorados. El informe era serio, pero no existían demasiadas pruebas documentales, es decir, que había que lanzarse al ruedo parlamentario con muy pocos elementos. El hilo del asunto Para hacer más comprensible la historia debemos retrotraerla a julio de 1955. Por esa fecha se encontraron en el Centro Naval los capitanes de corbeta (RE) Delfor Odilio Barnetche y el marino Salduna. La conversación giró muy pronto en torno de la actualidad. Salduna habló de cierta intranquilidad en la base de Puerto Belgrano, motivada en inquietantes transmisiones radiales captadas en la base Comandante Espora, que hacían suponer la cercanía de naves extranjeras. Ecos de radar percibidos a bordo de la Flota de Mar durante un ejercicio operativo no hacían otra cosa que avalar esas sospechas. El 4 de agosto se conoció en Buenos Aires otro hecho enigmático: en un avión naval llegaron a Montevideo los tenientes de navío Ramón A. Corvera y Emilio Jorge Colletti, solicitantes de asilo en el vecino país. Corvera era quien había escuchado, y grabado, transmisiones radiales que su pericia de técnico vinculaba a presencias extrañas en aguas nacionales. Solicitó permiso para volar e investigar, pero éste le fue denegado. Hechos posteriores lo obligaron a exiliarse. Ante la evidencia, Barnetche y Salduna —que seguían de cerca el desarrollo de los sucesos decidieron poner en conocimiento del caso al doctor Frondizi. Por esos días se discutía el problema del contrato petrolero con la California Argentina y algunos oficiales jóvenes de la Armada supusieron que a ese tema estaría conectada la presencia de la “flota fantasma”. En buen romance: proteger a Perón para que pudiera firmar tranquilo el contrato. Ahora, decidida la denuncia pública, sólo faltaba poner en manos radicales las pruebas que se pudieran conseguir. Salduna encomendó la misión de viajar a Puerto Belgrano a buscar información al teniente de corbeta Bortairy, quien completó su misión recién el 10 de agosto. Hasta entonces, Alende y los demás diputados firmantes de la denuncia Rabanal, Weidmann, Liceaga y Ferrer Zanchi debieron apoyarse tan sólo en la palabra de Frondizi. El Trámite Parlamentario Alende le dio entrada a su iniciativa con la forma de un proyecto de resolución para que pudiera ser tratada en la sesión de ese 4 de agosto. Esa reunión fracasó porque no concurrió la bancada peronista a dar quorum. Alende optó por citar a los periodistas al local del bloque y entregarles copia del proyecto. Un solo diario lo reprodujo íntegro (Clarín) y la noticia cayó como una bomba en la opinión pública. Los demás rotativos optaron por tomar el asunto a broma, o a enojarse con Alende. La Epoca llegó a exigir que se procesara a Alende por «traición a la patria», ya que había difundido informaciones secretas vinculadas con la defensa nacional. De todos modos, faltaban las pruebas para que Alende pudiera respaldar sus acusaciones. El día 10, la grabación prometida por los marinos no había llegado a manos de los diputados opositores, que sin ningún elemento concreto debieron afrontar el debate del proyecto. Fue una reunión agitada; el capitán de navío Barnetche siguió sus alternativas desde un palco bandeja. El proyecto fue rechazado por infundado. Terminada la reunión, llegaron las pruebas tan buscadas. Entonces se decidió completar el operativo con un recurso extremo pero necesario: conseguir los documentos originales, en poder del Servicio de Informaciones Navales (SIA). El 11 de agosto, Barnetche penetró en el Ministerio y tomó copias del expediente secreto. Las pruebas Vamos a pasar revista a los elementos de juicio. En la noche del 20 al 21 de julio —en su marcha desde El Rincón a Golfo Nuevo—, la Flota de Mar en maniobras notó que era seguida por varias unidades de superficie. El crucero 17 de Octubre detectó con radar a cuatro buques sin luces, por lo que no podían suponerse mercantes. Dado el movimiento del puerto de Bahía Blanca tal concentración de naves civiles se hubiera hecho imposible. No sólo habrían sido observados estos buques, sino que las comprobaciones fueron volcadas como trabajo de la CIC (Central de Informaciones de Combate), determinando sus rumbos y velocidades. En la noche siguiente (del 21 al 22 de julio), a las 21.30, se estableció, desde el crucero 9 de Julio, la presencia de un buque desconocido que marchaba a una velocidad de 20 nudos. Tal velocidad era muy superior a la que desarrollaban los buques mercantes que transitaban por la zona, por lo que la deducción obvia era que se trataba de una unidad de guerra. El buque desconocido siguió una línea rara, pues una vez que la flota penetró en el golfo Nuevo, se alejó. Tal proceder no es propio de un mercante, dado que estos deben tener una razón muy poderosa para apartarse de ese modo de su ruta. En el radar del crucero 9 de Julio se detectaron además tres ecos correspondientes a unidades de superficie no identificadas que navegaban en formación. Se observaron durante dos o tres días, provenientes de siete buques. El torpedero Garay, de Mar del Plata, al acercarse a Puerto Belgrano, detectó (el 23 de julio a las 22) un buque, que apagó sus luces y se alejó en dirección al Este. Lo observaron jefes y oficiales en el puente. Buques pesqueros avistaron naves de guerra a 70 millas al noroeste de Mar del Plata, en los últimos días de junio. Las transmisiones El 25 de julio, por la mañana, el teniente de navío Corvera, que probaba un receptor National, escuchó una conversación en inglés, cuya terminología indicaba que se trataba de naves de guerra. El hecho fue comunicado al capitán de fragata Ricardo Ezcurra, quien telefoneó la novedad al comando de zona. Como las transmisiones persistieran, el 27 de julio se decidió grabarlas. La información técnica expresó que la frecuencia detectada y el hecho de que —al iniciarse la transmisión— la onda portadora se escuchara nítida, a pesar de encontrarse trabajando en frecuencias próximas la central de Puerto Belgrano, indicaban que la interceptada correspondía a una estación cercana, dentro de las 200 millas. De nuevo, el 28 de julio, de 8 a 10.30, se escuchó la transmisión, según nueva nota del capitán Ezcurra. Había cambiado su característica por la que, se supone, era la de un portaaviones, llamándose ahora Okinawa. El teniente Corvera solicitó autorización para efectuar patrullas con el avión Martin Mariner que comandaba. Ante su insistencia y la evidencia de la grabación, se ordenó al citado teniente que preparase su avión y estuviera listo para partir cuando se le indicase. La orden nunca llegó y sólo el sábado 30 salió un avión Catalina, que patrulló 130 millas sin obtener ningún contacto. Ese día arribaron a Puerto Belgrano los buques de la Flota de Mar y se dieron por terminadas las maniobras. La actitud oficial El ministro de Marina, contralmirante Luis J. Comes, el 11 de agosto ante los periodistas hizo declaraciones: admitió que los buques de la escuadra «detectaron algunos contactos de radar y sonar sin que eso signifique algo inusitado o anormal”, y aclaró que el radar no indica la forma y naturaleza de los objetos. Cuando un periodista preguntó si los ecos captados provocaron preocupación en el comandante en jefe de la Flota de Mar, contestó: «Estimo que la atención del comandante en jefe estuvo más bien dirigida a enfrentar el temporal más duro del año y a auxiliar al BDT 12 que había lanzado un SOS en la emergencia, que a preocuparse por los problemas de los falsos ecos, que no pueden perturbar en lo más mínimo a un jefe, por lo frecuente de esas condiciones atmosféricas”. En cuanto a las transmisiones, el ministro afirmó que “entre el cúmulo de grabaciones tomadas podrían aparecer varias en todos los idiomas del mundo, incluso en el marciano” y agregó: «Es un hecho conocido por los radioaficionados que una estación de Groenlandia puede escucharse con más intensidad y claridad que otra que transmita desde San Andrés de Giles. Sabido es que las ondas reflejas, al rebotar en la ionosfera, pueden percibirse a muchas millas de distancia del punto de transmisión, con su característico desvanecimiento”. Hace días, Extra volvió a entrevistar al almirante Comes. En esta oportunidad minimizó las denuncias de Alende y volvió a reafirmar sus términos de la conferencia de prensa de hace dieciséis años. Las últimas etapas Volvamos a la historia parlamentaria. Los discos y las copias de los documentos llegaron a Alende cuando el proyecto ya había sido rechazado. Hacía falta encontrar una nueva coyuntura para volver a poner en debate el asunto. Los mismos peronistas le dieron esa oportunidad. En la sesión del 12 de agosto, la bancada oficialista solicitó la inclusión de las declaraciones de Comes en el diario de sesiones. Alende había salido del recinto, y a su regreso intentó referirse al asunto, pero no pudo. Así, realizó una conferencia de prensa, en la que exhibió todo el material acumulado (documentos y alambres grabados). A los pocos días, Alende volvió sobre el tema, presentando un proyecto de creación de una comisión investigadora. Los acontecimientos de setiembre, la caída del peronismo y la disolución del Congreso impidieron que el caso volviera a considerarse. A partir de ese momento, todo quedó sepultado por el muy discreto manto del olvido. Pero todavía queda un dato muy importante por analizar: después del triunfo de la Revolución Libertadora, el interventor en el Congreso comprobó que esos documentos habían desaparecido, sin que hasta el momento hayan sido recuperados. Enigmas al por mayor Llama la atención el manto de silencio. Las preguntas que surgen: 1) ¿Estuvieron las naves extranjeras en aguas argentinas? 2) ¿A qué potencia pertenecían? 3) ¿Habían llegado para ayudar al tambaleante gobierno de Perón? 4) ¿Por qué la Revolución Libertadora, que llegó dos meses después, no lo investigó? (Hubiera sido un formidable argumento para “desperonizar” al país). 5) ¿Llegaron para rearmar a la Marina de Guerra, desmantelada por el Gobierno? 6) ¿Por qué los peronistas no lo denunciaron después? (publicitar el tema significaba probar que la Libertadora fue fomentada por un país extranjero). 7) ¿Quién robó las pruebas del Congreso? ¿Los peronistas antes de caer? ¿Algunos marinos revolucionarios? Revista Extra, marzo de 1972 |
Gracias por tan valiosa data, permiso llevo para compartir
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Muy bueno Gogo!