
La apertura de la Feria del Libro 2025 estuvo a cargo del no siempre reconocido pero sin duda uno de los escritores más lúcidos y propietario de algo que hoy hace mucha falta: conocimiento e ideas propias. No voy a abundar en el discurso de Juan Sasturain que, según supe, tenía 16 carillas A4. Me detengo en el comienzo, citando a su amigo Roberto Fontanarrosa, utilizó un chiste memorable, creo que de los ’70.
Un tipo del Ceremonial se dirige al público y dice: Ante la falta del Hombre Bala, dispararemos una perdigonada de enanos.
Desde su modestia, así visualizaba su elección en la apertura. Se me ocurrió pensar que, si otros más chiquitos que él tuvieran un saco de ceremonias como el suyo, tal vez en no tanto tiempo podríamos volver, aunque sea, a repetir tiradas de 2000 ejemplares.
Tengo muchas Ferias en mi vida. Empecé a trabajar cuando todavía se hacían en la calle en el stand de Paidós en 1973, plaza San Martín, de La Plata. No fue mi primer acercamiento a la industria editorial; hacía dos años trabajaba en Libraco, importante librería de Humanidades en la capital mundial del fulbo. Después, a consecuencia de un plan económico igual al actual, tuve un entretiempo más largo que 45 minutos, pero ésa es otra historia, o la misma.
Regresé de modo oficial diez u once años después. El profesor Roberto Castiglione se paseaba ostentoso por los pasillos del predio ferial de Palermo con cualquiera que detentara el Poder Ejecutivo, desde Isabel, los milicos, Alfonsín, Menen… El negocio recién empezaba, la guerra de Malvinas originó muchas respuestas.
Los trabajadores del libro creamos la Asociación Trabajadores del Libro (ATL). No éramos muchos ni estábamos representado por algún sindicato. Debido a la particularidad de la producción editorial, había compañeros gráficos, empleados de Comercio, viajantes, etc. Por lo que si alguna empresa decidía algún despido, no había un sindicato que defendiera a los compañeros. Con la intención de unificar empezamos a juntar cumpas y fuimos creciendo.
Tuvimos nuestro bautismo en las grandes ligas en 1984/85, recién recuperada la democracia. La feria se en el predio ferial quedaba desbordado por la entusiasta presencia de público. Con solo dos baños, sin extinguidores, ni salidas de emergencia, podría haber ocurrido un Cromañón dos décadas antes. Presentamos el reclamo ante el profesor Castiglione. Con las editoriales estaba todo bien. Para nosotros, simples laburantes, la Feria era una changa económica fuerte, se podía ganar, dependiendo de la editorial y arreglo, un sueldo en 15 interminables días, pero éramos jóvenes y pobres. Además, a mí, el 124 me dejaba y lo tomaba en la esquina de casa.
Castiglione empezaba a sentir en su rostro los efecto del bronce. No nos dio ni cinco de bolilla. Empezamos con los ruidazos, dos y tres veces por jornada. Sabíamos las horas de mayor concurrencia. Trompetas, silbatos, pandereta o simples aplausos, empezaron a llamar la atención de los visitantes y como muchos de los que firmaban ejemplares laburaban en diarios y revistas les dimos el petitorio para ser publicado. La respuesta no fue la esperada.
Ernesto Sábato contestó que tenía pocos años de vida y no podía gastar energía en estos decires (me lo dijo a mí y vivió una década más). Antonio Dal Masetto no lo publicó ni en El Periodista ni en Página/12.
Un día, el profesor me llamó a su despacho y me echó de la Feria. Estaba con Raúl Portal. Contesté que eran las reglas del juego, pero si ese despido tenía consecuencias más allá de la Feria, lo hacía responsable. Lo miré a Portal y le dije:
-Usted es mi testigo.
Portal se paró y respondió:
-¡Yo no estoy!
No creo que Portal, ni Sábato, ni Dal Masetto, ni Castiglione hayan tenido saco de ceremonias.